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Desde Huatusco

  • Roberto García Justo

Un soldado en cada hijo

Después de la heroica batalla del cinco de mayo de 1862 en la Ciudad de Puebla, entre las fuerzas armadas de nuestro país que enfrentaron con valor y patriotismo a los invasores franceses. Muchos integrantes de la tropa se licenciaron o dieron de baja para retornar a sus lugares de origen y seguir con su vida normal, es decir, realizando tareas para ganar el sustento diario y  alimentar a la familia.

De ese modo vemos caminando por las calles empedradas de esta ciudad, a un hombre, muy firme de carnes, heredero de una disciplina, como si estuviera gobernado por el paso redoblado que es una orden propia de la milicia. En sus manos traía sus instrumentos de trabajo, un bote con mezcla, brocha, lija, clavo y martillo. Especializado en reparaciones de albañilería, debido a que lo contrataban para tapar goteras en los techos de las casas. Las constantes lluvias en la región causan estrago en la parte alta de las viviendas.

Más allá de lo que la gente pudiera imaginarse, se trataba de un sargento que en sus años mozos se incorporó a la tropa para defender nuestra patria. En sus ratos de descanso, contaba a sus amigos hechos de la historia de México que se guardan con honor y orgullo. El tono y la forma tan especial de narrar las remembranzas llenas de colorido, hacían de este soldado ignorado un ejemplo al haber expuesto su vida al lado de sus compañeros, como el Capitán Miguel Vázquez, el Teniente Juan Morales, el subteniente Nicanor González y el Sargento Gabriel Figueroa, todos de esta localidad.

Apolinar Pilián, hablaba con mucha satisfacción, honrando a Huatusco que siempre está en la mejor disposición para dar hombres dispuestos a todo con el propósito de no permitir que los enemigos de los mexicanos le arrebaten el territorio que con tanto esfuerzo han logrado obtener en base de la entrega personal y colectiva. Se enorgullecía por haber cumplido con su deber, hasta que los extranjeros salieron huyendo del campo de batalla, ya dispersos se   perdieron  de vista.

El laborioso alarife, no ocultaba su aspecto rústico, honesto, cumplidor y respetuoso, era admirado por muchas personas que conocían sus hazañas gloriosas. Pocas veces se le veía descansar, pasaba las horas bajo las inclemencias de los rayos solares o soportando el frío invierno que se advierte por el incesante chipi-chipi, siempre ocupado, ganando el pan con dignidad. Sus cualidades  le ayudaban  para que el vecindario le solicitara sus servicios, ponía empeño en la tarea que le encomendaban los huatusquños de alma noble y corazón generoso.

No faltó alguno de los parroquianos que en forma de broma le sugiriera que pusiera un anuncio al frente de su vivienda que dijera: SE TAPAN GOTERAS A DOMICILIO. Él con su humildad lo mandó a pintar, es ocioso el comentario, demostró su ingenuidad, sin embargo los lugareños simpatizaron con la promoción, y sirvió para que lo llamaran con más frecuencia. Después de esa ocurrencia nació un hondo sentimiento de piedad hacia aquel personaje que con decoro desempeñaba su responsabilidad.

Es lo que podemos decir  de un gran ciudadano que fue un ejemplo, se dedicó a servir a los demás en donde quiera que lo solicitaron, puso su integridad y buena fe, mucho entusiasmo y voluntad en los deberes que estaban dentro de sus funciones. Por ese mérito, hoy te reconocemos y podemos gritar sin obstáculos y con orgullo: ¡¡¡VIVA EL SARGENTO APOLINAR PILIÁN ¡¡¡