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Guerra de reformas.

  • Roberto García Justo

Precisamente el cinco de marzo de 1859, como lo deja bien apuntado el profesor Ismael Sehara. En la barranca de Jamapa, sobre el camino que conduce de Coscomatepec a Huatusco, el General Constitucionalista, Licenciado Ignacio de la Llave, con quinientos hombres, en su mayoría poco preparados y sin suficiente armamento. Impulsados por  el fanatismo partidario de la causa que defendían, los condujo a resistir, defender y rechazar a las escogidas infanterías de la brillante brigada reaccionaria  que comandaba el General conservador  Haro y Tamariz.   

Cinco mil hombres de las tres armas, veteranos acreditados por su participación en diversos combates de la encarnizada “guerra de los tres años”. Fueron los que sucumbieron ante el empuje de los defensores de las Reformas Constitucionales. Voy a bosquejar algunos episodios que se dieron en el lugar de los hechos, los cuales son rigurosamente ciertos en el fondo, pues la forma contienen ligeros detalles novelescos con que he querido revestirla, para darle algún interés. Esto inicia cuando el capitán ayudante se presenta intempestivamente en el campamento donde se encontraba el  Jefe de las Fuerzas de Veracruz.

—Mi General –le dijo con voz fuerte—un paisano que dice llamarse Ignacio Páez, acaba de llegar a la avanzada de Tlaltengo, manifestando que en Carrasco se encuentra un grupo numeroso de hombres desarmados, procedentes los más de Huatusco y algunos otros de Coscomatepec. Cruzaron muy temprano el paso del Durazno.  Casi todos han sido soldados de las guardias nacionales de esas poblaciones y que vienen con el objeto de incorporarse a sus compañeros, que hemos reclutado últimamente como voluntarios, para tomar parte de la acción en que estamos próximos a entrar.

Enterado minuciosamente por el militar, de inmediato respondió con acento seguro: –Señor capitán, pase usted a reconocer a estos ciudadanos y condúzcalos después ante mi presencia. Dicho lo anterior, partió el capitán para cumplir con la orden, no sin antes cuadrarse para realizar el saludo de rigor. Serían las siete de la mañana del día siguiente cuando el contingente, marchando en correcta formación, llegó hasta el  sitio donde se encontraba de la Llave. Al frente iba un hombre joven, de tez cobriza, estatura mediana y complexión robusta. Bajo el brazo llevaba una corneta. Luego que marcaron alto,  saludó conforme lo ordenaba el respeto al superior.    

  —Señores,  manifestó el General, en los momentos que vamos a acometer la empresa, quizá más temeraria que pueda registrarse en los anales de nuestra lucha por la libertad, disfruto el placer de ratificar mi opinión acerca de que en Huatusco y Coscomatepec, contamos con leales partidarios. La patria premiará algún día sus buenos servicios. Luego se dirigió a su ayudante, al que dijo: –señor capitán, que se incorporen los de Huatusco a la sección que manda el capitán Hilario García. A los de Coscomatepec los agrega a la fuerza de Marcos Heredia. Que se armen y municionen lo mejor posible, y una vez terminada la acción, quedan en libertad para dispersase. 

Habiendo recibido la consigna, todos se retiraron, menos el de la corneta, que permaneció en posición de firme en espera de otras disposiciones.  Al fijarse en él, Don Ignacio reaccionó quizá por aquella figura simpática y dirigiéndose con cierta familiaridad le preguntó: ¿Cómo te llamas muchacho¿ –Tomás Machuca, para lo que mande mi general.  –¿En qué cuerpo has servido¿ –En la guardia nacional de Huatusco. –¿Qué clase¿ –Cómo cabo de cornetas señor. –¿Conoces bien los toque de ordenanza¿ –Toda la carretilla mi general. —¿Querías quedarte hoy  a mi inmediato servicio¿ –Hasta de trinchera le serviré a usted señor, si fuera necesario.   

Poniendo la mano sobre su hombro derecho le dijo con solemnidad. –Te nombro mi corneta de órdenes.

—Con gusto, mi general, exclamó Machuca, lanzando por sus negras pupilas refulgentes rayos de inmensa satisfacción, porque este hombre era ferviente devoto del general de la Llave y acérrimo partidario de la causa constitucionalista.