/ domingo 23 de enero de 2022

Relato: a su padre solo le conoció la voz en la radio

En esta entrega Miguel Valera nos cuenta sobre un niño que solo llegó a conocer la voz de su padre a través de la radio

La primera vez que Alicia vio a su hijo pegado al viejo radio de onda corta Retekess Tr618, que su padre cuidaba como un tesoro, las lágrimas cruzaron sus mejillas y sollozando se fue a esconder al baño. El niño de apenas 8 años había descubierto que la voz que salía de esos hoyitos de la bocina, que hurgaba con un palillo de dientes, era la de su padre. Así se lo dijo un día su tío Ernesto, de sopetón, sin más ni más.

Como quiera no te pierdes nada, es un pendejo, le había lanzado su tío, un hombre forjado a punta de golpes en la vida, que no tenía pelos en la lengua y que le gustaba decir las cosas de manera directa. El niño no entendió bien a bien qué significaba eso de “pendejo”, pero sabía que era una ofensa. A pesar de ello, cada vez que podía, a escondidas de su madre, buscaba al 105.1 de FM y se quedaba embelesado con la voz de su padre.

 

 

Le gustaba su risa, suave algunas veces, burlona otras o intensa, de carcajadas, unas más. Sonreía cuando “el padre” del otro lado del micrófono decía una gracejada para el auditorio o hablaba de “Mother”, la canción que John Lennon escribió para su madre. —John creció lejos de Julia, su madre y ella murió en 1958, en un accidente automovilístico. John vivió con la ausencia de padre y madre y compuso esta canción como una catarsis, decía al micrófono Juan José.

II

Pegado a la radio, el pequeño Santiago estaba embobado con la historia. “Mother, you had me”, decía su padre el locutor. Y traducía: “madre, me tenías”, para seguir “pero nunca te tuve”, “te quería”, “no me querías”, “así que yo”, “sólo tengo que decirte” “adiós” “adiós”. Y seguía con la otra estrofa: “Padre, me dejaste”, “pero nunca te dejé”, “te necesitaba”, “no me necesitabas”, “así que yo sólo tengo que decirte”, “adiós”, “adiós”, escuchaba atento.

Más que pensar en que detrás de la historia de esa canción estaba su propia historia, Santiago escuchaba la erudición de su padre. Sabe de todo, pensaba, porque de todas las canciones tenía comentarios, referencias, historias, algo qué decir. Durante el resto de su infancia, adolescencia y juventud, a escondidas de su madre, Santiago siguió escuchando la voz melodiosa de su padre, su sabiduría, sus consejos, las gracejadas que soltaba al público melómano que lo seguía.

¿Por qué en casa nadie habla de mi padre?, se preguntó un día Santiago, en plena adolescencia. Su tío, despatarrado como era, le contestó de nuevo: “porque es un pendejo”. Ese día supo que el padre era un golpeador, un abusivo, un patán que cuando él recién había nacido, golpeo a su madre a punto de la muerte. Desangrándose, con heridas en el rostro y moretones por todo el cuerpo, llegaron a la casa del abuelo y nunca más regresaron con Juan José. Santiago era apenas un bebé y no tenía ningún recuerdo de ello.

 

 

III

Lo que sí sabía y tenía muy claro, es que ese hombre, golpeador, agresivo, borracho, pendenciero y ausente de su vida, de quien nunca había sentido una caricia o una palabra dulce o de aliento, estaba ahí, detrás de la bocina, en las ondas hertzianas que lo habían llevado a un mundo mágico de música, felicidad y alegría. ¿Cómo puede ser mi padre un golpeador y maltratador de mujeres?, se preguntaba.

Un día, en la escuela, la maestra les pidió que llevaran a su padre, para realizar una “actividad de integración”, recalcó. —Llegan puntuales, de favor y traigan “lonche”, porque quiero que coman con sus padres, que convivan, que coman lo que más les guste. Ese día todo era felicidad y algarabía. Julián llegó cargando una mochila al hombro, se sentó en su mesita y cuando la maestra le preguntó sobre su padre, el niño sacó el reluciente radio de onda corta Retekess Tr618 y lo prendió en el 105.1 de FM para que todos lo escucharan. Algunos niños se burlaron. A la maestra se le escurrieron las lágrimas.

Julián regresó sonriendo a su casa y le dijo a su madre que había llevado a su padre a la escuela. Cuando sacó el radio de su mochila la madre entendió todo y lo abrazó cariñosamente. Sabía que el chiquillo había podido superar la ausencia de Juan José, con ese viejo radio familiar, de cuya bocina salían la voz y las historias del padre ausente.

IV

Pegado a la bocina, Julián, recordaría años más tarde, que tuvo una infancia feliz, una adolescencia alegre y una juventud intensa. Su madre creyó siempre que las figuras de su propio padre y de su hermano, le habían ayudado a mantener su carácter y a superar ese hueco que suele dejar la ausencia del padre. —Pero madre, le dijo un día Julián. Mi padre siempre ha estado ahí. Desde la radio, me ha llenado de sonrisas y de alegría.

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—Sí, hijo, reaccionó la madre, pero, siempre es importante la figura del padre a tu lado. —No sé madre. ¿Te habría gustado que por la figura de un padre para mi tú hubieras tenido un hombre que te golpeara, te menospreciara y te tratara como una basura? No, eso yo tampoco lo hubiera deseado. Yo prefiero ese hombre de la radio, esa voz dulce, alegre, que he escuchado desde niño y no el golpeador y borracho de la vida real. Madre e hijo sonrieron, se abrazaron cariñosamente y brindaron por la felicidad y la vida.

La primera vez que Alicia vio a su hijo pegado al viejo radio de onda corta Retekess Tr618, que su padre cuidaba como un tesoro, las lágrimas cruzaron sus mejillas y sollozando se fue a esconder al baño. El niño de apenas 8 años había descubierto que la voz que salía de esos hoyitos de la bocina, que hurgaba con un palillo de dientes, era la de su padre. Así se lo dijo un día su tío Ernesto, de sopetón, sin más ni más.

Como quiera no te pierdes nada, es un pendejo, le había lanzado su tío, un hombre forjado a punta de golpes en la vida, que no tenía pelos en la lengua y que le gustaba decir las cosas de manera directa. El niño no entendió bien a bien qué significaba eso de “pendejo”, pero sabía que era una ofensa. A pesar de ello, cada vez que podía, a escondidas de su madre, buscaba al 105.1 de FM y se quedaba embelesado con la voz de su padre.

 

 

Le gustaba su risa, suave algunas veces, burlona otras o intensa, de carcajadas, unas más. Sonreía cuando “el padre” del otro lado del micrófono decía una gracejada para el auditorio o hablaba de “Mother”, la canción que John Lennon escribió para su madre. —John creció lejos de Julia, su madre y ella murió en 1958, en un accidente automovilístico. John vivió con la ausencia de padre y madre y compuso esta canción como una catarsis, decía al micrófono Juan José.

II

Pegado a la radio, el pequeño Santiago estaba embobado con la historia. “Mother, you had me”, decía su padre el locutor. Y traducía: “madre, me tenías”, para seguir “pero nunca te tuve”, “te quería”, “no me querías”, “así que yo”, “sólo tengo que decirte” “adiós” “adiós”. Y seguía con la otra estrofa: “Padre, me dejaste”, “pero nunca te dejé”, “te necesitaba”, “no me necesitabas”, “así que yo sólo tengo que decirte”, “adiós”, “adiós”, escuchaba atento.

Más que pensar en que detrás de la historia de esa canción estaba su propia historia, Santiago escuchaba la erudición de su padre. Sabe de todo, pensaba, porque de todas las canciones tenía comentarios, referencias, historias, algo qué decir. Durante el resto de su infancia, adolescencia y juventud, a escondidas de su madre, Santiago siguió escuchando la voz melodiosa de su padre, su sabiduría, sus consejos, las gracejadas que soltaba al público melómano que lo seguía.

¿Por qué en casa nadie habla de mi padre?, se preguntó un día Santiago, en plena adolescencia. Su tío, despatarrado como era, le contestó de nuevo: “porque es un pendejo”. Ese día supo que el padre era un golpeador, un abusivo, un patán que cuando él recién había nacido, golpeo a su madre a punto de la muerte. Desangrándose, con heridas en el rostro y moretones por todo el cuerpo, llegaron a la casa del abuelo y nunca más regresaron con Juan José. Santiago era apenas un bebé y no tenía ningún recuerdo de ello.

 

 

III

Lo que sí sabía y tenía muy claro, es que ese hombre, golpeador, agresivo, borracho, pendenciero y ausente de su vida, de quien nunca había sentido una caricia o una palabra dulce o de aliento, estaba ahí, detrás de la bocina, en las ondas hertzianas que lo habían llevado a un mundo mágico de música, felicidad y alegría. ¿Cómo puede ser mi padre un golpeador y maltratador de mujeres?, se preguntaba.

Un día, en la escuela, la maestra les pidió que llevaran a su padre, para realizar una “actividad de integración”, recalcó. —Llegan puntuales, de favor y traigan “lonche”, porque quiero que coman con sus padres, que convivan, que coman lo que más les guste. Ese día todo era felicidad y algarabía. Julián llegó cargando una mochila al hombro, se sentó en su mesita y cuando la maestra le preguntó sobre su padre, el niño sacó el reluciente radio de onda corta Retekess Tr618 y lo prendió en el 105.1 de FM para que todos lo escucharan. Algunos niños se burlaron. A la maestra se le escurrieron las lágrimas.

Julián regresó sonriendo a su casa y le dijo a su madre que había llevado a su padre a la escuela. Cuando sacó el radio de su mochila la madre entendió todo y lo abrazó cariñosamente. Sabía que el chiquillo había podido superar la ausencia de Juan José, con ese viejo radio familiar, de cuya bocina salían la voz y las historias del padre ausente.

IV

Pegado a la bocina, Julián, recordaría años más tarde, que tuvo una infancia feliz, una adolescencia alegre y una juventud intensa. Su madre creyó siempre que las figuras de su propio padre y de su hermano, le habían ayudado a mantener su carácter y a superar ese hueco que suele dejar la ausencia del padre. —Pero madre, le dijo un día Julián. Mi padre siempre ha estado ahí. Desde la radio, me ha llenado de sonrisas y de alegría.

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—Sí, hijo, reaccionó la madre, pero, siempre es importante la figura del padre a tu lado. —No sé madre. ¿Te habría gustado que por la figura de un padre para mi tú hubieras tenido un hombre que te golpeara, te menospreciara y te tratara como una basura? No, eso yo tampoco lo hubiera deseado. Yo prefiero ese hombre de la radio, esa voz dulce, alegre, que he escuchado desde niño y no el golpeador y borracho de la vida real. Madre e hijo sonrieron, se abrazaron cariñosamente y brindaron por la felicidad y la vida.

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