/ domingo 14 de febrero de 2021

Amor, desamor y amistad desata la pandemia

Te contamos cuatro interesantes historias de amor, desamor y amistad por el prójimo

Xalapa, Ver.-En el invierno de 2019, los técnicos en Urgencias Médicas Míriam Nallely Pérez Huesca y Benjamín Bautista Sánchez decidieron dar un paso más en su relación de noviazgo. Era tiempo de planificar la fecha de la boda, así como rentar un departamento para empezar a amueblarlo y, llegado el momento, dejar el hogar familiar para iniciar su vida como esposos. Sin embargo, el SARS-Cov-2, ya presente en China, les deparaba cambios drásticos, tanto como paramédicos, como en su historia de amor.

Originarios de la región veracruzana de las Altas Montañas, los jóvenes son descritos por quienes los conocen como nobles, con vocación de servicio y con valores humanitarios, características que los llevaron a coincidir en la Delegación de la Cruz Roja de Ciudad Mendoza, institución desde la cual Nallely estuvo a cargo, junto con otro compañero, de la activación de protocolo del primer traslado en la región de un paciente con Covid-19.

El 31 de marzo de 2020 estaba nerviosa, asustada. Apenas tres días antes, la coordinación estatal les había dado capacitación en el puerto de Veracruz, y el fin de semana había sido inusual. Benja, ella y dos voluntarios más se esforzaron por hacer los protocolos, porque estaban como apoyo en la Coordinación de Socorro. También trabajaron en el equipamiento y colocación de plásticos para proteger del coronavirus a los operadores de las ambulancias.

Primer traslado de caso Covid-19

Ese día, el 31, recibieron un llamado. Nallely estaba en turno y salió con uno de sus compañeros para ir a la comunidad El Encinar, en el municipio de Nogales. Se trataba de un traslado al Hospital Regional de Río Blanco (HRRB). Ya en el domicilio, al hacer la valoración, el enfermo calificaba como sospechoso de Covid-19. Estaban en área contaminada, no iban con trajes especiales y no estaban preparados para brindar la atención requerida en ese momento.

Con el temor a cuestas, regresaron a la Delegación, activaron el protocolo, se alistaron y volvieron al sitio. Vinieron momentos de angustia, rememora Nallely, porque el servicio se extendió por cinco horas.

Cuando llegamos al hospital, al principio no nos querían recibir. No tenían a ningún paciente sospechoso con el virus y todavía no estaba habilitada el área Covid-19. Fue un caos, un tiempo de incertidumbre e incredulidad ante lo que estaba sucediendo”, dice quien para ese tiempo estudiaba el último semestre de la carrera de Ingeniería Industrial.

A sus 24 años, Nallely vivía una de las experiencias más desconcertantes, pero aún no terminaba el día y venían más sorpresas.

“Cuando llegué a la Delegación, me bajé de la ambulancia y allí estaba Benja. Él tiene un grado mayor de preparación. Es TUMI (Técnico en Urgencias Médicas Intermedio) y yo soy B –básico–. Lo vi muy nervioso, y me sentí lastimada y molesta porque empezó a hacerme preguntas que en ese momento sentí que ponían en duda mis decisiones sobre el caso. Había activado el protocolo porque era necesario hacerlo”, dijo enfática.

A pesar del roce, fue una noche de determinaciones. Nallely decidió irse a bañar al departamento que ya había rentado con Benjamín y allí, mientras el agua que caía de la regadera se confundía con su llanto, optó por no volver a casa de su familia para no exponerla al contagio.

Inició así el mes de abril, entre estudios, con Benja al lado suyo –también se aisló de su familia– y atendiendo los traslados de enfermos de Covid-19, los cuales, dice Nallely, “caían” en su turno, que se extendía hasta tres o cuatro horas más.


Paradójicamente, en el mes de junio Nallely contrajo el virus pero no en su trabajo sino en una visita a su familia. Fue su pareja quien la cuidó.

A diez meses de vivir juntos, aún no hay boda y el nuevo coronavirus continúa haciendo de las suyas, pero el amor se ha fortalecido, afirma Nallely. Cuenta su historia sola porque Benja trabaja también en el sotavento veracruzano.

Con orgullo, lo describe como un gran hombre, y no duda que será un excelente padre. Recién confirmaron que ya viene bebé en camino, y siguen las vueltas de tuerca, pues ambos elaboraron un escrito para darse de baja en la Cruz Roja. Será un año para cuidar su salud.

Vocación de Servicio

Llegar a la conclusión de tomar un año sabático no fue sencillo. Sobre todo porque el grupo de voluntarios en la benemérita institución continúa reduciéndose, en tanto el trabajo aumenta.

Antes de la pandemia, en la Delegación eran 50 voluntarios, después prestaban servicio 20 y sobre la marcha quedaron 12. Con los retiros de Nalle y Benja, y el de otro técnico, solo permanecerán nueve para atender el llamado de auxilio de personas que viven en Acultzingo, Nogales, Ciudad Mendoza, Huiloapan, Soledad Atzompa y Maltrata.

La joven se desempeña en un área que le da muchas satisfacciones por lo que puede hacer por los

demás. También, porque comparte tiempo con gente solidaria, dispuesta a dar todo cuanto está en sus manos en beneficio del prójimo. Por eso, expone que nunca dejará de dolerle el trato denigrante que reciben en algunos lugares.

Muchas veces no se le da un valor al técnico, cuando el trabajo sí es pesado, en lo físico, emocional e intelectual, porque también se requiere estudio. Somos, recurrentemente, el primer contacto con un herido o un enfermo. De lo que hagamos nosotros también dependerá la vida de la persona o su calidad de vida”, manifiesta.

A pesar de esta situación y las emociones que le provoca, no hay vuelta de hoja. Tendrá que cuidarse durante el embarazo y centrarse de lleno en un negocio que inauguraron en la ciudad de Río Blanco, el pasado mes de enero.

Ella asegura que no son cursis, pero sus próximos días los pasará en el Café-Internet N&B, entre bebidas aromáticas, chocolates, postres y crepas dulces y saladas.

No descarta sonreír muchas veces, cada que recuerde que aunque a Benja lo encontró en la Cruz Roja, cuando tenía 19 años y él 21 –hoy tienen 25 y 27–, ellos ya se habían conocido antes, cuando su mamá le rentó parte de su casa a la familia de Benja.

En ese entonces, él tenía cuatro años y ella, dos, pero esa es otra historia…

Nace el amor de juventud en una posada

En diciembre de 1977, en una posada, cuando Doris tenía 16 años y Pablo 19 se conocieron, pronto se hicieron novios y cuando él concluyó sus estudios de Medicina se casaron, a pesar de que les decían que “la novia del estudiante nunca es la esposa del profesionista”. Contra todo pronóstico su matrimonio duró 40 años. La pandemia aceleró el rompimiento, llegó para mostrar que ya no compartían los mismos sueños. Él enfermó de Covid-19, ella lo cuidó y también se contagió. Él dejó la casa.

El noviazgo transcurrió con altas y bajas por sus caracteres diferentes. Ella siempre alegre, le gustan las fiestas, bailar y disfrutar de la vida; él, tranquilo, callado, no le gusta bailar. Llegaba siempre con un libro bajo el brazo, lo suyo era el estudio.

En su graduación, ella conoció a su familia y aprovechando que sus papás estaban en Xalapa surge la propuesta de matrimonio y aunque ella no se quería casar porque “eso de la iglesia, el vestido blanco nunca fue para mí importante”, pero sus papás eran muy católicos, la pidieron y pusieron fecha. Tuvo dos bodas muy bonitas, una en Xalapa y la religiosa en Martínez de la Torre.

El matrimonio inició contra todo pronóstico de éxito, por sus diferencias de caracteres y por su juventud, “pero nos aventamos”. A él le tocó hacer su internado en el hospital 11 del IMSS en Xalapa porque fue el mejor promedio de su generación.

La vida de Doris dio un giro total porque de joven soltera con muchos sueños e ilusiones en la mente pasó a ser una señora casada con un médico, “lo que es muy bonito porque nos toca recibir mucho del agradecimiento que los pacientes dan al médico”.

Cuando él salía de las guardias escuchaban música, no tenían tele, platicaban mucho sobre sus sueños en común, la carrera de él, su casa, su familia y el hijo que deseaban tener.

Terminó su año de internado, por sus calificaciones él tenía oportunidad de quedarse en Xalapa, pero el salario era bajo y decidió ir a un centro de salud de una comunidad rural. El dinero no les alcanzaba, por lo que él guardaba su colación para compartirla con ella. Fueron épocas muy difíciles, pero tenían tantísimo amor y sueños que no veían nada más.

“Ahí empezó mi vida de sueños, de experimentar muchas cosas, me acuerdo que me fui a seguirlo cargando un anafre, una cazuela y una bolsa de víveres. “Me vi a las siete de la noche en un pueblo, cargada, era una mudanza andante.

En ese tiempo, el doctor del pueblo era tan importante como el sacerdote o el maestro, por lo que le hicieron un recibimiento. Desde entonces me di cuenta que la vida del médico es de muchos sacrificios, tanto para él como para la familia.

"Llegamos a ese pueblo, cercano a Naolinco, en noviembre con mucho frío, lluvia, la niebla hasta el suelo y recorrimos el centro de salud que tenía muchas goteras, humedad, y hacía más frío adentro que afuera. Empezó nuestra vida en un lugar desconocido pero con muchos sueños y un montón de planes por delante", dijo. El cuarto del médico era tan frío y se le metía el agua por la ventana, por lo que optaron por dormir con sus abrigos en una camita de hospital para darse calor porque no había cobertores. "Siempre dormimos abrazados para darnos calor. No veíamos el frío ni la pobreza, sólo que él iba a empezar su servicio social, a dar lo que más se pudiera”.

El dinero estaba escaso porque la mayoría de los pacientes no llevaban para pagar la consulta, que era muy barata, por lo que la pareja tenía que poner de su bolsillo para la cuenta que debían entregar a la Secretaría de Salud.

Ella empezó a dar pláticas para que las señoras tuvieran acceso a las pastillas anticonceptivas porque tenían un niño por año; ellas querían cuidarse pero sus maridos no se los permitían. “Fui la enfermera, la asistente, un poco de todo”.

Al terminar el año de servicio, se quedaron en Acatlán donde rentaron un cuarto, con el vestido de novia ella hizo cortinas y con el velo, servilletas, cojines, todo a mano, porque quería ver mi casa bonita, cálida, agradable. Comer los sábados costilla, salsa y frijoles era una fiesta. “Fueron muchos sueños que fuimos cumpliendo, siempre juntos, queriéndonos mucho, creo que entre nosotros si algo sobró fue amor”.

Ahí vivieron 5 años, iniciaron una farmacia. Asimismo se involucraron en política y lograron terminar con el cacicazgo de la misma familia. El médico se convirtió también en un líder social.

“Después de 38 años se nos dio la oportunidad de comprar ahí un terreno y hacer una casa, a la que ya no vamos porque las cosas cambiaron. Luego de 40 años de vivir juntos, de construir una vida, una familia, criar a un hijo y lograr metas, todo terminó en esta pandemia", concluyó.

Con amor luchan por la vida de su hija

La sala de espera de un hospital fue el escenario en el que Verónica y Alejandro reforzaron su amor, ese que se prometieron ante el altar hace ya más de quince años y tuvieron que vencer sus miedos cuando le realizaron una cirugía a su bebé, Fernanda, de apenas de dos meses de nacida.

La bebé tuvo que ser sometida a una operación de estómago, dado que presentaba un cuadro grave de reflujo. La noticia no llegó en el mejor momento económico familiar porque Alejandro perdió su trabajo por la pandemia por Covid-19 y, con ello, la prestación de seguridad social, así que habría que realizar el procedimiento de manera particular.

De forma inmediata buscaron la manera de reunir recursos, Alejandro tenía una pequeña cantidad que guardó de su liquidación y Verónica habría previsto que la pandemia generaría estragos en su economía, por lo que ajustó los gastos del hogar y creó un ahorro. La familia de ambos decidió ayudarlos y lograron la meta.

La fecha llegó y a mediados de diciembre, mes en el que el ambiente de armonía, amor y paz prevalece, se llevó a cabo el procedimiento.

El temor de que alguna complicación durante la cirugía sucediera los unió más como pareja, su amor creció y se fortaleció con cada minuto de espera que pasaron en la sala del hospital.

Su fe, al igual que sus esperanzas, fueron fundamentales para acrecentar la admiración que tienen el uno por el otro, dado que su lucha por conformar una familia inició doce años atrás, tres después de haberse casado.

En sus planes de matrimonio, acto al que llegaron luego de un noviazgo de cinco años, estaba la intención de tener hijos, sueño que se cumplió tras varios tratamientos de fertilidad.

“Fernanda fue la demostración de nuestra fe y de la confianza que teníamos puesta en las promesas de Dios”, narra Verónica mientras recuerda las decenas de veces que recibió noticias negativas sobre un embarazo.

Desde el momento en que supieron que sus planes de lograr una familia serían difíciles de cumplir también tomaron la decisión de continuar juntos, apoyándose y provocando que cada día juntos fuera una experiencia de vida.

Por más de una década pasaron por varios tratamientos y desilusiones hasta que la noticia tan esperada llegó en febrero del año pasado, cuando Verónica tenía un mes de embarazo.

Un mes después de haber informado el hecho a sus seres queridos, que compartieron con la pareja su felicidad, las noticias en televisión, radio, redes sociales y periódicos anunciaron el ingreso de la pandemia en la entidad y, con ello, las múltiples restricciones para poder salir a la calle o visitar espacios públicos.

Desde ese momento su unión se fortaleció más, él cuidaba cada día la salud de la mujer con la que decidió compartir su vida y con la que pronto cumpliría uno de sus sueños más anhelados: Ser padre.

Ella, por su parte, colaboraba con él, aplicando todas las medidas sanitarias posibles para evitar un posible contagio. Tuvieron que ser duros con los familiares que querían visitarlos, que deseaban estar cerca de Verónica para compartir el milagro de su embarazo.

Así pasaron los meses y al llegar el parto también estuvieron solos, pero más felices que nunca por ver cumplido su más grande anhelo en la vida.

Los cuidados con Fernanda fueron necesarios para evitar que el virus de la pandemia llegara a su hogar y las visitas al pediatra se convirtieron en indispensables, pues las cosas parecían no estar bien, ya que la bebé tenía reflujo severo por varios días y algunos otros rechazaba la leche.

Fue entonces que otra prueba para la pareja llegó que nunca dudó que Dios estaba de su lado y que habría una solución al problema de salud de su pequeña.

Tras varios días de estancia en el hospital las noticias fueron buenas y el hecho de tener una familia por muchos años sería una realidad.

A dos meses de la operación esta pareja, que se ha demostrado su amor cada día, recuerda el hecho como un acto de fe y de esperanza, además de unión.

Su hija se ha recuperado y, aunque continúan con cuidados preventivos por la pandemia que persiste, tienen claro que su amor podrá superar cualquier reto que la vida les ponga, sin importar que tan grande sea.

Por amor a la profesión, médico arriesga su vida para salvar a los enfermos

Para Lorenzo Castañeda Pacheco, el amor a su profesión de médico es uno de los más grandes que puede sentir. Pese a que la pandemia de Covid-19, lo obligó a guardar aislamiento por formar parte de la población de riesgo, su pasión lo mantiene activo, brindando consultas médicas gratuitas a distancia

Todo empezó justamente por el amor a su profesión y el cariño a un amigo suyo, cuando a principios de abril le habló para decirle que tenía Covid-19, pero tenía acudir a un hospital. El médico decidió asesorar a su familia y mantener un seguimiento cercano a su caso, con cuidados que permitieron superar la enfermedad.

Desde entonces, Lorenzo Castañeda siguió atendiendo a más pacientes que lo requerían. "Esto nace desde el día 2 de abril dónde una amistad de 32 años que no quería acudir a ningún hospital y su monitoreo de oxigenación era muy bajo (...), Empezamos a atenderlo y pudimos salir adelante, a partir de ahí el muchacho me empezó a recomendar y empezó a crecer lo que estábamos haciendo", narró.

Desde abril del 2020 hasta la fecha, Lorenzo Castañeda Pacheco ha brindado mil 700 consultas gratuitas utilizando el teléfono y una computadora que le sirve para conectarse vía zoom con la persona que lo requiere. Aunque la mayoría de las atenciones son a pacientes covid-19, también ha ayudado en consultas generales para enfermos de diabetes, hipertensión y otros males.

En esta labor altruista lo acompaña su familia, que a través de redes sociales concretan las citas o responden a los usuarios. "Mis hijas me han estado auxiliando, a través de las redes y estamos haciendo esta labor, para ayudar a la gente a salir adelante", dijo.

Lorenzo Castañeda expresó que, brindar estas consultas le han servido para sobrellevar el encierro, realizando lo que más ama hacer y dando parte de ese amor a sus pacientes.

"Desde el primero de abril estamos resguardados en casa, estamos tomando la decisión de recibir las llamadas para atender a la población que se acerca, porque tiene confianza a este servidor", manifestó.

Su propósito es continuar con esta labor altruista hasta que regrese a trabajar en el centro de salud, donde hasta abril del 2020 venía impartiendo consultas de manera presencial. Las consultas médicas que actualmente brinda a distancia es sin distinción de credo, político o económico.

Dijo sentirse satisfecho porque a pesar de la pandemia no se ha quedado con los brazos cruzados y ha podido ayudar a quienes lo han necesitado y salvado vidas dentro de lo humanamente posible.

"El día de hoy me siento más satisfecho, pues dentro de una situación de pandemia que ha arrebatado muchas vidas, también hemos podido ayudar a muchas personas a salvar la vida", concluyó el galeno.

Con información de Celia Gayosso, Itzel Molina y Danytza Flores

Xalapa, Ver.-En el invierno de 2019, los técnicos en Urgencias Médicas Míriam Nallely Pérez Huesca y Benjamín Bautista Sánchez decidieron dar un paso más en su relación de noviazgo. Era tiempo de planificar la fecha de la boda, así como rentar un departamento para empezar a amueblarlo y, llegado el momento, dejar el hogar familiar para iniciar su vida como esposos. Sin embargo, el SARS-Cov-2, ya presente en China, les deparaba cambios drásticos, tanto como paramédicos, como en su historia de amor.

Originarios de la región veracruzana de las Altas Montañas, los jóvenes son descritos por quienes los conocen como nobles, con vocación de servicio y con valores humanitarios, características que los llevaron a coincidir en la Delegación de la Cruz Roja de Ciudad Mendoza, institución desde la cual Nallely estuvo a cargo, junto con otro compañero, de la activación de protocolo del primer traslado en la región de un paciente con Covid-19.

El 31 de marzo de 2020 estaba nerviosa, asustada. Apenas tres días antes, la coordinación estatal les había dado capacitación en el puerto de Veracruz, y el fin de semana había sido inusual. Benja, ella y dos voluntarios más se esforzaron por hacer los protocolos, porque estaban como apoyo en la Coordinación de Socorro. También trabajaron en el equipamiento y colocación de plásticos para proteger del coronavirus a los operadores de las ambulancias.

Primer traslado de caso Covid-19

Ese día, el 31, recibieron un llamado. Nallely estaba en turno y salió con uno de sus compañeros para ir a la comunidad El Encinar, en el municipio de Nogales. Se trataba de un traslado al Hospital Regional de Río Blanco (HRRB). Ya en el domicilio, al hacer la valoración, el enfermo calificaba como sospechoso de Covid-19. Estaban en área contaminada, no iban con trajes especiales y no estaban preparados para brindar la atención requerida en ese momento.

Con el temor a cuestas, regresaron a la Delegación, activaron el protocolo, se alistaron y volvieron al sitio. Vinieron momentos de angustia, rememora Nallely, porque el servicio se extendió por cinco horas.

Cuando llegamos al hospital, al principio no nos querían recibir. No tenían a ningún paciente sospechoso con el virus y todavía no estaba habilitada el área Covid-19. Fue un caos, un tiempo de incertidumbre e incredulidad ante lo que estaba sucediendo”, dice quien para ese tiempo estudiaba el último semestre de la carrera de Ingeniería Industrial.

A sus 24 años, Nallely vivía una de las experiencias más desconcertantes, pero aún no terminaba el día y venían más sorpresas.

“Cuando llegué a la Delegación, me bajé de la ambulancia y allí estaba Benja. Él tiene un grado mayor de preparación. Es TUMI (Técnico en Urgencias Médicas Intermedio) y yo soy B –básico–. Lo vi muy nervioso, y me sentí lastimada y molesta porque empezó a hacerme preguntas que en ese momento sentí que ponían en duda mis decisiones sobre el caso. Había activado el protocolo porque era necesario hacerlo”, dijo enfática.

A pesar del roce, fue una noche de determinaciones. Nallely decidió irse a bañar al departamento que ya había rentado con Benjamín y allí, mientras el agua que caía de la regadera se confundía con su llanto, optó por no volver a casa de su familia para no exponerla al contagio.

Inició así el mes de abril, entre estudios, con Benja al lado suyo –también se aisló de su familia– y atendiendo los traslados de enfermos de Covid-19, los cuales, dice Nallely, “caían” en su turno, que se extendía hasta tres o cuatro horas más.


Paradójicamente, en el mes de junio Nallely contrajo el virus pero no en su trabajo sino en una visita a su familia. Fue su pareja quien la cuidó.

A diez meses de vivir juntos, aún no hay boda y el nuevo coronavirus continúa haciendo de las suyas, pero el amor se ha fortalecido, afirma Nallely. Cuenta su historia sola porque Benja trabaja también en el sotavento veracruzano.

Con orgullo, lo describe como un gran hombre, y no duda que será un excelente padre. Recién confirmaron que ya viene bebé en camino, y siguen las vueltas de tuerca, pues ambos elaboraron un escrito para darse de baja en la Cruz Roja. Será un año para cuidar su salud.

Vocación de Servicio

Llegar a la conclusión de tomar un año sabático no fue sencillo. Sobre todo porque el grupo de voluntarios en la benemérita institución continúa reduciéndose, en tanto el trabajo aumenta.

Antes de la pandemia, en la Delegación eran 50 voluntarios, después prestaban servicio 20 y sobre la marcha quedaron 12. Con los retiros de Nalle y Benja, y el de otro técnico, solo permanecerán nueve para atender el llamado de auxilio de personas que viven en Acultzingo, Nogales, Ciudad Mendoza, Huiloapan, Soledad Atzompa y Maltrata.

La joven se desempeña en un área que le da muchas satisfacciones por lo que puede hacer por los

demás. También, porque comparte tiempo con gente solidaria, dispuesta a dar todo cuanto está en sus manos en beneficio del prójimo. Por eso, expone que nunca dejará de dolerle el trato denigrante que reciben en algunos lugares.

Muchas veces no se le da un valor al técnico, cuando el trabajo sí es pesado, en lo físico, emocional e intelectual, porque también se requiere estudio. Somos, recurrentemente, el primer contacto con un herido o un enfermo. De lo que hagamos nosotros también dependerá la vida de la persona o su calidad de vida”, manifiesta.

A pesar de esta situación y las emociones que le provoca, no hay vuelta de hoja. Tendrá que cuidarse durante el embarazo y centrarse de lleno en un negocio que inauguraron en la ciudad de Río Blanco, el pasado mes de enero.

Ella asegura que no son cursis, pero sus próximos días los pasará en el Café-Internet N&B, entre bebidas aromáticas, chocolates, postres y crepas dulces y saladas.

No descarta sonreír muchas veces, cada que recuerde que aunque a Benja lo encontró en la Cruz Roja, cuando tenía 19 años y él 21 –hoy tienen 25 y 27–, ellos ya se habían conocido antes, cuando su mamá le rentó parte de su casa a la familia de Benja.

En ese entonces, él tenía cuatro años y ella, dos, pero esa es otra historia…

Nace el amor de juventud en una posada

En diciembre de 1977, en una posada, cuando Doris tenía 16 años y Pablo 19 se conocieron, pronto se hicieron novios y cuando él concluyó sus estudios de Medicina se casaron, a pesar de que les decían que “la novia del estudiante nunca es la esposa del profesionista”. Contra todo pronóstico su matrimonio duró 40 años. La pandemia aceleró el rompimiento, llegó para mostrar que ya no compartían los mismos sueños. Él enfermó de Covid-19, ella lo cuidó y también se contagió. Él dejó la casa.

El noviazgo transcurrió con altas y bajas por sus caracteres diferentes. Ella siempre alegre, le gustan las fiestas, bailar y disfrutar de la vida; él, tranquilo, callado, no le gusta bailar. Llegaba siempre con un libro bajo el brazo, lo suyo era el estudio.

En su graduación, ella conoció a su familia y aprovechando que sus papás estaban en Xalapa surge la propuesta de matrimonio y aunque ella no se quería casar porque “eso de la iglesia, el vestido blanco nunca fue para mí importante”, pero sus papás eran muy católicos, la pidieron y pusieron fecha. Tuvo dos bodas muy bonitas, una en Xalapa y la religiosa en Martínez de la Torre.

El matrimonio inició contra todo pronóstico de éxito, por sus diferencias de caracteres y por su juventud, “pero nos aventamos”. A él le tocó hacer su internado en el hospital 11 del IMSS en Xalapa porque fue el mejor promedio de su generación.

La vida de Doris dio un giro total porque de joven soltera con muchos sueños e ilusiones en la mente pasó a ser una señora casada con un médico, “lo que es muy bonito porque nos toca recibir mucho del agradecimiento que los pacientes dan al médico”.

Cuando él salía de las guardias escuchaban música, no tenían tele, platicaban mucho sobre sus sueños en común, la carrera de él, su casa, su familia y el hijo que deseaban tener.

Terminó su año de internado, por sus calificaciones él tenía oportunidad de quedarse en Xalapa, pero el salario era bajo y decidió ir a un centro de salud de una comunidad rural. El dinero no les alcanzaba, por lo que él guardaba su colación para compartirla con ella. Fueron épocas muy difíciles, pero tenían tantísimo amor y sueños que no veían nada más.

“Ahí empezó mi vida de sueños, de experimentar muchas cosas, me acuerdo que me fui a seguirlo cargando un anafre, una cazuela y una bolsa de víveres. “Me vi a las siete de la noche en un pueblo, cargada, era una mudanza andante.

En ese tiempo, el doctor del pueblo era tan importante como el sacerdote o el maestro, por lo que le hicieron un recibimiento. Desde entonces me di cuenta que la vida del médico es de muchos sacrificios, tanto para él como para la familia.

"Llegamos a ese pueblo, cercano a Naolinco, en noviembre con mucho frío, lluvia, la niebla hasta el suelo y recorrimos el centro de salud que tenía muchas goteras, humedad, y hacía más frío adentro que afuera. Empezó nuestra vida en un lugar desconocido pero con muchos sueños y un montón de planes por delante", dijo. El cuarto del médico era tan frío y se le metía el agua por la ventana, por lo que optaron por dormir con sus abrigos en una camita de hospital para darse calor porque no había cobertores. "Siempre dormimos abrazados para darnos calor. No veíamos el frío ni la pobreza, sólo que él iba a empezar su servicio social, a dar lo que más se pudiera”.

El dinero estaba escaso porque la mayoría de los pacientes no llevaban para pagar la consulta, que era muy barata, por lo que la pareja tenía que poner de su bolsillo para la cuenta que debían entregar a la Secretaría de Salud.

Ella empezó a dar pláticas para que las señoras tuvieran acceso a las pastillas anticonceptivas porque tenían un niño por año; ellas querían cuidarse pero sus maridos no se los permitían. “Fui la enfermera, la asistente, un poco de todo”.

Al terminar el año de servicio, se quedaron en Acatlán donde rentaron un cuarto, con el vestido de novia ella hizo cortinas y con el velo, servilletas, cojines, todo a mano, porque quería ver mi casa bonita, cálida, agradable. Comer los sábados costilla, salsa y frijoles era una fiesta. “Fueron muchos sueños que fuimos cumpliendo, siempre juntos, queriéndonos mucho, creo que entre nosotros si algo sobró fue amor”.

Ahí vivieron 5 años, iniciaron una farmacia. Asimismo se involucraron en política y lograron terminar con el cacicazgo de la misma familia. El médico se convirtió también en un líder social.

“Después de 38 años se nos dio la oportunidad de comprar ahí un terreno y hacer una casa, a la que ya no vamos porque las cosas cambiaron. Luego de 40 años de vivir juntos, de construir una vida, una familia, criar a un hijo y lograr metas, todo terminó en esta pandemia", concluyó.

Con amor luchan por la vida de su hija

La sala de espera de un hospital fue el escenario en el que Verónica y Alejandro reforzaron su amor, ese que se prometieron ante el altar hace ya más de quince años y tuvieron que vencer sus miedos cuando le realizaron una cirugía a su bebé, Fernanda, de apenas de dos meses de nacida.

La bebé tuvo que ser sometida a una operación de estómago, dado que presentaba un cuadro grave de reflujo. La noticia no llegó en el mejor momento económico familiar porque Alejandro perdió su trabajo por la pandemia por Covid-19 y, con ello, la prestación de seguridad social, así que habría que realizar el procedimiento de manera particular.

De forma inmediata buscaron la manera de reunir recursos, Alejandro tenía una pequeña cantidad que guardó de su liquidación y Verónica habría previsto que la pandemia generaría estragos en su economía, por lo que ajustó los gastos del hogar y creó un ahorro. La familia de ambos decidió ayudarlos y lograron la meta.

La fecha llegó y a mediados de diciembre, mes en el que el ambiente de armonía, amor y paz prevalece, se llevó a cabo el procedimiento.

El temor de que alguna complicación durante la cirugía sucediera los unió más como pareja, su amor creció y se fortaleció con cada minuto de espera que pasaron en la sala del hospital.

Su fe, al igual que sus esperanzas, fueron fundamentales para acrecentar la admiración que tienen el uno por el otro, dado que su lucha por conformar una familia inició doce años atrás, tres después de haberse casado.

En sus planes de matrimonio, acto al que llegaron luego de un noviazgo de cinco años, estaba la intención de tener hijos, sueño que se cumplió tras varios tratamientos de fertilidad.

“Fernanda fue la demostración de nuestra fe y de la confianza que teníamos puesta en las promesas de Dios”, narra Verónica mientras recuerda las decenas de veces que recibió noticias negativas sobre un embarazo.

Desde el momento en que supieron que sus planes de lograr una familia serían difíciles de cumplir también tomaron la decisión de continuar juntos, apoyándose y provocando que cada día juntos fuera una experiencia de vida.

Por más de una década pasaron por varios tratamientos y desilusiones hasta que la noticia tan esperada llegó en febrero del año pasado, cuando Verónica tenía un mes de embarazo.

Un mes después de haber informado el hecho a sus seres queridos, que compartieron con la pareja su felicidad, las noticias en televisión, radio, redes sociales y periódicos anunciaron el ingreso de la pandemia en la entidad y, con ello, las múltiples restricciones para poder salir a la calle o visitar espacios públicos.

Desde ese momento su unión se fortaleció más, él cuidaba cada día la salud de la mujer con la que decidió compartir su vida y con la que pronto cumpliría uno de sus sueños más anhelados: Ser padre.

Ella, por su parte, colaboraba con él, aplicando todas las medidas sanitarias posibles para evitar un posible contagio. Tuvieron que ser duros con los familiares que querían visitarlos, que deseaban estar cerca de Verónica para compartir el milagro de su embarazo.

Así pasaron los meses y al llegar el parto también estuvieron solos, pero más felices que nunca por ver cumplido su más grande anhelo en la vida.

Los cuidados con Fernanda fueron necesarios para evitar que el virus de la pandemia llegara a su hogar y las visitas al pediatra se convirtieron en indispensables, pues las cosas parecían no estar bien, ya que la bebé tenía reflujo severo por varios días y algunos otros rechazaba la leche.

Fue entonces que otra prueba para la pareja llegó que nunca dudó que Dios estaba de su lado y que habría una solución al problema de salud de su pequeña.

Tras varios días de estancia en el hospital las noticias fueron buenas y el hecho de tener una familia por muchos años sería una realidad.

A dos meses de la operación esta pareja, que se ha demostrado su amor cada día, recuerda el hecho como un acto de fe y de esperanza, además de unión.

Su hija se ha recuperado y, aunque continúan con cuidados preventivos por la pandemia que persiste, tienen claro que su amor podrá superar cualquier reto que la vida les ponga, sin importar que tan grande sea.

Por amor a la profesión, médico arriesga su vida para salvar a los enfermos

Para Lorenzo Castañeda Pacheco, el amor a su profesión de médico es uno de los más grandes que puede sentir. Pese a que la pandemia de Covid-19, lo obligó a guardar aislamiento por formar parte de la población de riesgo, su pasión lo mantiene activo, brindando consultas médicas gratuitas a distancia

Todo empezó justamente por el amor a su profesión y el cariño a un amigo suyo, cuando a principios de abril le habló para decirle que tenía Covid-19, pero tenía acudir a un hospital. El médico decidió asesorar a su familia y mantener un seguimiento cercano a su caso, con cuidados que permitieron superar la enfermedad.

Desde entonces, Lorenzo Castañeda siguió atendiendo a más pacientes que lo requerían. "Esto nace desde el día 2 de abril dónde una amistad de 32 años que no quería acudir a ningún hospital y su monitoreo de oxigenación era muy bajo (...), Empezamos a atenderlo y pudimos salir adelante, a partir de ahí el muchacho me empezó a recomendar y empezó a crecer lo que estábamos haciendo", narró.

Desde abril del 2020 hasta la fecha, Lorenzo Castañeda Pacheco ha brindado mil 700 consultas gratuitas utilizando el teléfono y una computadora que le sirve para conectarse vía zoom con la persona que lo requiere. Aunque la mayoría de las atenciones son a pacientes covid-19, también ha ayudado en consultas generales para enfermos de diabetes, hipertensión y otros males.

En esta labor altruista lo acompaña su familia, que a través de redes sociales concretan las citas o responden a los usuarios. "Mis hijas me han estado auxiliando, a través de las redes y estamos haciendo esta labor, para ayudar a la gente a salir adelante", dijo.

Lorenzo Castañeda expresó que, brindar estas consultas le han servido para sobrellevar el encierro, realizando lo que más ama hacer y dando parte de ese amor a sus pacientes.

"Desde el primero de abril estamos resguardados en casa, estamos tomando la decisión de recibir las llamadas para atender a la población que se acerca, porque tiene confianza a este servidor", manifestó.

Su propósito es continuar con esta labor altruista hasta que regrese a trabajar en el centro de salud, donde hasta abril del 2020 venía impartiendo consultas de manera presencial. Las consultas médicas que actualmente brinda a distancia es sin distinción de credo, político o económico.

Dijo sentirse satisfecho porque a pesar de la pandemia no se ha quedado con los brazos cruzados y ha podido ayudar a quienes lo han necesitado y salvado vidas dentro de lo humanamente posible.

"El día de hoy me siento más satisfecho, pues dentro de una situación de pandemia que ha arrebatado muchas vidas, también hemos podido ayudar a muchas personas a salvar la vida", concluyó el galeno.

Con información de Celia Gayosso, Itzel Molina y Danytza Flores

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