Relatos: miles se han ido sin un adiós

Miguel Valera nos cuenta sobre su amigo Don Víctor Manuel Mendoza Chávez, a quien estaba recordando en su primer aniversario de fallecido

Miguel Valera | Diario de Xalapa

  · domingo 25 de julio de 2021

Foto: Eduardo Murillo | Diario de Xalapa

Xalapa, Ver.-¿Quién entiende la muerte en la plenitud de la vida?, ¿quién entiende la muerte frente a la luminosidad del sol, del aire fresco de la mañana, de la felicidad y la alegría que nos circunda?

Esas preguntas se me vinieron a la mente el pasado domingo 11 de julio cuando entré al templo de Los Corazones, en Xalapa. Luisa Melgarejo, una antigua compañera reportera, me ofreció gel sanitizante, guiándome a los asientos dispuestos por la “sana distancia”. Sumido en mis pensamientos, no la reconocí a la primera.

Al ver hincados a los feligreses, en el rito de la misa, pensé en una idea de Gabriel Marcel en Ser y tener, ese maravilloso libro del filósofo francés que se considerabaun heredero del itinerario filosófico socrático”, como lo ha señalado Ana Mará Sánchez López. Ahí, al final de la obra, Marcel apunta que “el orgullo es un principio de ceguera, forma parte de lo que se podría llamar la biblioteca básica de la sabiduría humana”.

Seguí con atención el rito, escuché la predicación del sacerdote y me emocionaron lo cantos con trompetas, violines y cuerdas del Mariachi Sol de Tepetlán. Pensé con nostalgia en mi amigo don Víctor Manuel Mendoza Chávez, a quien ese día estábamos recordando en su primer aniversario de fallecido. Trabajador de Teléfonos de México, don Vic murió en la raya, dejando en este mundo a su esposa Irene Romero y a sus hijos Carla y Víctor.



II

La esperanza, escribí hace mil años en un cuadernillo poético, es tabla de salvación, linterna en la noche de la vida, aurora resplandeciente, añoranza en la guerra, compañera de los viajes del mundo, velero, viento sereno que nos lleva nuevamente a las playas de lo real, de lo esencial en la vida. Así, sumido en mis pensamientos, escucha a lo lejos la voz del sacerdote predicador: “Tengamos siempre confianza en Dios. Él nos envía a una misión especial. Víctor Manuel terminó su misión en la tierra”, dijo, intentando consolar a la familia.

Recordé el dolor desgarrador que envolvió en esos días a mi compañera reportera, quien en una entrevista para Al Calor político, el medio de comunicación en el que trabajaba en ese tiempo, dijo: “¡Qué les puedo decir! Mi papá fue siempre mi ejemplo, mi mayor súper héroe y no pude abrazarlo, no pude despedirme de él, no pude estar cerca de él en el último momento. Han pasado ya más de 30 días de su partida y ha sido horrible escuchar llorar a mi madre, quien perdió al hombre con quien compartió 40 años de su vida”.

“Mi madre, mi hermano y yo hemos vivido estos últimos días de nuestra vida en zozobra, con cubrebocas, limpiando y sanitizando la casa una y otra vez, por miedo a ser asintomáticos y contagiarnos entre nosotros. Más de 30 días en los que aún no nos podemos abrazar, no podemos llorar, no podemos expresar cuánto dolor nos ha causado esta partida, sin un abrazo, sin un beso, sin un te amo, sin un adiós”, contó desgarradoramente.

A un año de su partido, don Víctor, como miles de mexicanos, se fueron sin la cercanía de la familia, sin el último adiós, sin el eco de los rezos para guiar su camino a la eternidad.


III

Ahora la misión continúa allá en el cielo. La misión continúa allá en la verdadera patria. ¿Cuál es nuestra meta, nuestro horizonte final? El cielo, la presencia de Dios; mientras estemos aquí echémosle muchas ganas. Él ya está con Dios, ya está en el cielo, ya está descansando. Él quiere lo mejor para nosotros. Así que hay que seguir caminando, avanzando, creciendo, progresando, haciendo la voluntad de Dios”, dijo el sacerdote, mientras a doña Irene, a Carla y a Víctor se les hacía un nudo en la garganta.

Mientras la misa avanzaba y los mariachis daban sus mejores notas en los cantos litúrgicos, pensaba en la vulnerabilidad de la vida, en nuestra fragilidad y contingencia. Somos una maquinar perfecta, pero sostenida por hilos muy delgados, ¿Dios, su voluntad, su mano amorosa? La fe, he escuchado a amigos predicadores, es una sinrazón, es lanzarse al vacío, confiando en que unos brazos amorosos nos sostendrán en algún momento para no caer al vacío.

¡Cuánto dolor!, ¡cuántas lágrimas!, ¡cuánta soledad!, ¡cuánta angustia nos ha dejado la pandemia del Covid-19! Miles de casas sin padres, sin madre, sin hermanos, sin hijos. Corazones rotos, desagarrados, dolor y angustia por el futuro. Los creyentes pensamos en el más allá con cierta esperanza, pero aferrados como estamos en la vida, nos duele y nos angustia.

IV

La misa en Los Corazones terminó. Tenía años que no me paraba en ese templo, desde las misas que daban el padre Francisco Kitazawa, quien al parecer ya dejo el ministerio y el padre David Fernández Dávalos, impulsor de Matraca y ahora rector universitario. Con tristeza, con lágrimas a punto de brotar, recordaba las palabras de Carla: “Mi papá fue siempre una persona muy trabajadora. Laboraba en una compañía telefónica y siempre decía que él no tenía trabajo, que él hacía lo que le gustaba y que a pesar de ello le pagaban. Estaba disponible de lunes a domingo, no descansaba y estaba a punto de jubilarse. Tenía planes de viajar con mi mamá, de estar juntos por más tiempo”.

Siempre que lo visitaba me invitaba junto con un taco, una cerveza o una copa y siempre que le pedía que me ayudara con mi línea telefónica, lo hacía con gusto. Fue un amigo y sé que también un buen padre. Ya nos encontraremos. Descanse en paz don Vic.