/ domingo 28 de febrero de 2021

Narración: de robaviejitas a morir en un penal veracruzano

En esta entrega Miguel Valera nos cuenta la historia de un famoso delincuente de la colonia Revolución y su trágica muerte en un penal

Xalapa, Ver.-Cuando Adrián escuchó en el catecismo la palabra “escatológico” y el catequista le explicó que se trataba de las postrimerías o últimos momentos del ser humano.

De la muerte, juicio, resurrección, el chamaco de la colonia Revolución que ya sabía decir picardías y se desgañitaba con palabras folclóricas entre sus compañeros de juego, que luego tenía que llevar humilde, al confesionario, jamás se imaginó que esa palabra también hacía referencia al excremento, a lo que el cuerpo desecha en el proceso de digestión.

Adrián se distinguía entre sus amigos por su soltura, por su astucia, por su manera de enfrentar los problemas y tenía una memoria privilegiada, que ponía a reto con palabras rebuscadas. Por eso se le grabó enseguida el sentido religioso o teológico de la palabra “escatología”. Sin un diccionario a la mano, jamás buscó la raíz etimológica, porque habría descubierto que “eskhatós” significa último y “logos”, tratado.

En alguna ocasión, el padre Román, al escuchar su letanía de groserías, como si del mejor alvaradeño se tratara, le dijo: “ah, esa boquita escatológica que tienes”, pero Adrián entendió nuevamente que se trataba de una expresión que tenía que ver con el infierno o los castigos de ultratumba. El cura nunca le explicó que ahí estaba aplicando el sentido de la palabra como de suciedad, de excreta, de excremento.

II

Aunque el padre Román vio futuro en su inteligencia, Adrián se perdió entre los grupos de jóvenes de la Revolución y la Vasconcelos, que tomaron quizá el único camino que podían tomar, el de las drogas y los robos por aquí y por allá. Al poco tiempo Adrián se volvió famoso y hasta lo distinguieron con un apodo, “El Kid Chimuelo”, el cual, dicho sea de paso, no le gustaba, pero lo distinguía. Le llamaban así porque perdió los dientes en una pelea callejera de la que salió airoso y por eso se esponjaba cuando le llamaban por su sobrenombre.

Adrián se hizo famoso también porque visitaba el centro de la ciudad y fraccionamientos que en otro tiempo habían sido pudientes y ahí vigilaba a señoras grandes, “viejitas”, decía, maestras jubiladas o viudas que prácticamente vivían solas o eran visitadas por sus hijos muy de vez en cuando. En la populosa colonia ya le decían Adrián, “El Kid Chimuelo” o “Roba viejitas”.

Pero de pronto empezó a confiarse. Un día y lo contaba con soltura, robó a la misma señora dos o tres veces e incluso hasta se preparó una taza de Café Colón, que saboreo con una pieza de pan de dulce. —N’ombre, yo nunca había preparado café en cafetera, me costó un chingo, pero me dio tiempo de hacerlo sin problema y el pan se me hace que era del Resobado de Coatepec, dijo, contando la hazaña a sus amigos. Si la confianza mató al gato, esa confianza hizo que a la semana Adrián llegara a la cárcel de Pacho Viejo.

III

Tenía apenas cuatro días en el Penal —con medidas cautelares, les llaman— cuando Adrián fue obligado a trabajar en una olla de 2.5 metros de profundidad llena de excremento y gases, ubicada al final de un edificio de celdas. Era lunes 18 de enero del segundo año de la Gran Pandemia.

El responsable de este tipo de trabajos, que entre los internos se le llama “Jefe de Talachas”, le pidió que ingresara para realizar labores de limpieza y al entrar a la olla, ante el efecto de los gases, Adrián se desmayó y quedó sumergido dentro del excremento. Entonces, el “Jefe de Talachas” pidió a otro interno que ingresara a rescatarlo y sucedió lo mismo, cayó desmayado entre la suciedad. La instrucción se repitió y así cayó un tercer interno en la mezcla escatológica.

Un habitante del pueblo, testigo de los hechos, que antes laboró como herrero dentro del Penal, tomó la decisión de apoyarlos, ante el desinterés de los Custodios e igual perdió el conocimiento. Los Custodios se aglomeraron alrededor de la olla de drenaje pero ninguno movió un solo dedo ni se interesó en ayudar a los cuatro hombres sumergidos en la olla nauseabunda.

Fue entonces que otro interno, de gran tamaño, apodado “El Chile Seco”, se lanzó al rescate. Con gran destreza logró sacar uno por uno a los desmayados y reanimarlos, ante la apatía de los Custodios. Adrián y tres de sus compañeros fueron a parar al hospital.

IV

Adrián llegó inconsciente al nosocomio de Xalapa. Los médicos hicieron lo posible por reanimarlo, por sacarlo del coma que le provocó el desmayo por el gas metano. Su cuerpo, a pesar de la juventud, no resistió. Falleció el jueves 21 de enero. Tirado sobre una plancha, Adrián, “El Kid Chimuelo” o “Roba viejitas”, nunca pensó en este destino escatológico.

Un médico que supo de quién se trataba, pensó en la paradoja: metido en una cárcel, tratado como la basura de la sociedad, muere en una olla de excremento. Como casi siempre, las autoridades del Penal callaron y por castigo, solo una persona fue despedida. Todos se olvidaron de esta historia nauseabunda.

Xalapa, Ver.-Cuando Adrián escuchó en el catecismo la palabra “escatológico” y el catequista le explicó que se trataba de las postrimerías o últimos momentos del ser humano.

De la muerte, juicio, resurrección, el chamaco de la colonia Revolución que ya sabía decir picardías y se desgañitaba con palabras folclóricas entre sus compañeros de juego, que luego tenía que llevar humilde, al confesionario, jamás se imaginó que esa palabra también hacía referencia al excremento, a lo que el cuerpo desecha en el proceso de digestión.

Adrián se distinguía entre sus amigos por su soltura, por su astucia, por su manera de enfrentar los problemas y tenía una memoria privilegiada, que ponía a reto con palabras rebuscadas. Por eso se le grabó enseguida el sentido religioso o teológico de la palabra “escatología”. Sin un diccionario a la mano, jamás buscó la raíz etimológica, porque habría descubierto que “eskhatós” significa último y “logos”, tratado.

En alguna ocasión, el padre Román, al escuchar su letanía de groserías, como si del mejor alvaradeño se tratara, le dijo: “ah, esa boquita escatológica que tienes”, pero Adrián entendió nuevamente que se trataba de una expresión que tenía que ver con el infierno o los castigos de ultratumba. El cura nunca le explicó que ahí estaba aplicando el sentido de la palabra como de suciedad, de excreta, de excremento.

II

Aunque el padre Román vio futuro en su inteligencia, Adrián se perdió entre los grupos de jóvenes de la Revolución y la Vasconcelos, que tomaron quizá el único camino que podían tomar, el de las drogas y los robos por aquí y por allá. Al poco tiempo Adrián se volvió famoso y hasta lo distinguieron con un apodo, “El Kid Chimuelo”, el cual, dicho sea de paso, no le gustaba, pero lo distinguía. Le llamaban así porque perdió los dientes en una pelea callejera de la que salió airoso y por eso se esponjaba cuando le llamaban por su sobrenombre.

Adrián se hizo famoso también porque visitaba el centro de la ciudad y fraccionamientos que en otro tiempo habían sido pudientes y ahí vigilaba a señoras grandes, “viejitas”, decía, maestras jubiladas o viudas que prácticamente vivían solas o eran visitadas por sus hijos muy de vez en cuando. En la populosa colonia ya le decían Adrián, “El Kid Chimuelo” o “Roba viejitas”.

Pero de pronto empezó a confiarse. Un día y lo contaba con soltura, robó a la misma señora dos o tres veces e incluso hasta se preparó una taza de Café Colón, que saboreo con una pieza de pan de dulce. —N’ombre, yo nunca había preparado café en cafetera, me costó un chingo, pero me dio tiempo de hacerlo sin problema y el pan se me hace que era del Resobado de Coatepec, dijo, contando la hazaña a sus amigos. Si la confianza mató al gato, esa confianza hizo que a la semana Adrián llegara a la cárcel de Pacho Viejo.

III

Tenía apenas cuatro días en el Penal —con medidas cautelares, les llaman— cuando Adrián fue obligado a trabajar en una olla de 2.5 metros de profundidad llena de excremento y gases, ubicada al final de un edificio de celdas. Era lunes 18 de enero del segundo año de la Gran Pandemia.

El responsable de este tipo de trabajos, que entre los internos se le llama “Jefe de Talachas”, le pidió que ingresara para realizar labores de limpieza y al entrar a la olla, ante el efecto de los gases, Adrián se desmayó y quedó sumergido dentro del excremento. Entonces, el “Jefe de Talachas” pidió a otro interno que ingresara a rescatarlo y sucedió lo mismo, cayó desmayado entre la suciedad. La instrucción se repitió y así cayó un tercer interno en la mezcla escatológica.

Un habitante del pueblo, testigo de los hechos, que antes laboró como herrero dentro del Penal, tomó la decisión de apoyarlos, ante el desinterés de los Custodios e igual perdió el conocimiento. Los Custodios se aglomeraron alrededor de la olla de drenaje pero ninguno movió un solo dedo ni se interesó en ayudar a los cuatro hombres sumergidos en la olla nauseabunda.

Fue entonces que otro interno, de gran tamaño, apodado “El Chile Seco”, se lanzó al rescate. Con gran destreza logró sacar uno por uno a los desmayados y reanimarlos, ante la apatía de los Custodios. Adrián y tres de sus compañeros fueron a parar al hospital.

IV

Adrián llegó inconsciente al nosocomio de Xalapa. Los médicos hicieron lo posible por reanimarlo, por sacarlo del coma que le provocó el desmayo por el gas metano. Su cuerpo, a pesar de la juventud, no resistió. Falleció el jueves 21 de enero. Tirado sobre una plancha, Adrián, “El Kid Chimuelo” o “Roba viejitas”, nunca pensó en este destino escatológico.

Un médico que supo de quién se trataba, pensó en la paradoja: metido en una cárcel, tratado como la basura de la sociedad, muere en una olla de excremento. Como casi siempre, las autoridades del Penal callaron y por castigo, solo una persona fue despedida. Todos se olvidaron de esta historia nauseabunda.

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